Emprendimiento & propósito
Integrar el propósito en las decisiones empresariales
Explore cómo el propósito empresarial puede orientar las decisiones cotidianas, incorporar distintas perspectivas y seguir siendo relevante mientras una organización crece y cambia.
Arabisk London publica una entrevista con Abdullah Boulad sobre emprendimiento y THE BALANCE, con una firma atribuida a Huda Az.
El propósito de una empresa cobra sentido a través de decisiones cuyos efectos otras personas pueden experimentar. En una entrevista de Arabisk London firmada por Huda Az, Abdullah Boulad habla sobre emprendimiento y THE BALANCE. La conversación original ofrece un punto de partida para reflexionar sobre la relación entre los valores personales y la responsabilidad de las organizaciones.
Para quien funda una empresa o dirige un equipo, la cuestión práctica es cómo influye el propósito declarado en el trabajo cotidiano. ¿Qué cambia cuando un plazo resulta difícil de cumplir, una oportunidad es atractiva o alguien plantea una inquietud que cuestiona el plan preferido? Estos momentos pueden revelar si el propósito es lo bastante concreto como para orientar una decisión.
Las reflexiones que siguen se centran en hacer visible esa conexión. Invitan a definir la contribución que se pretende realizar, escuchar a las personas afectadas por el trabajo y examinar las concesiones que implica el crecimiento. El propósito puede seguir abierto a revisión y, al mismo tiempo, ofrecer una base clara para explicar lo que una organización decide hacer.
Cuatro preguntas para prepararse
¿A quién debe beneficiar nuestro trabajo y cómo describirían esas personas dicho beneficio?
¿Qué decisión cotidiana mostraría en la práctica los valores que declaramos?
¿Qué perspectiva falta cuando debatimos una decisión importante?
¿Qué nos haría reconsiderar una oportunidad aunque parezca comercialmente atractiva?
Describir la contribución con un lenguaje sencillo
El primer paso es explicar qué intenta hacer posible la organización para otras personas. Conviene evitar una frase tan amplia que pudiera describir casi cualquier empresa. Hay que identificar a las personas implicadas, la situación que se conoce y la contribución de la que se está dispuesto a asumir la responsabilidad.
Cabe preguntarse si un compañero podría utilizar esa descripción para tomar una decisión práctica. Si el propósito es ofrecer un servicio atento, ¿qué cambiaría en una conversación con un cliente? Si consiste en cumplir los compromisos de entrega, ¿qué información necesitaría el equipo antes de hacer una promesa? Un propósito resulta más útil cuando se pueden describir sus implicaciones.
Es importante contrastar la descripción con las personas que experimentan los efectos del trabajo. Puede que valoren un aspecto distinto del que destaca la dirección. Se les puede invitar a explicar qué les resulta útil, qué les plantea dificultades y qué les gustaría que estuviera más claro. Su relato puede poner de manifiesto una distancia entre la intención y la experiencia.
El propósito debe guardar proporción con lo que la organización puede ofrecer realmente. Un compromiso creíble deja margen para explicar los límites y derivar una solicitud a otra entidad cuando corresponda. Debe ayudar a comprender la contribución que se ofrece, en lugar de pedir a las personas que deduzcan el significado de una frase llamativa. Conviene redactar una versión que alguien ajeno a la organización pueda cuestionar y debatir.
Convertir un valor en un criterio de decisión
Se puede elegir un valor e identificar una decisión recurrente en la que debería influir. Por ejemplo, el compromiso con una comunicación clara podría determinar cómo se explican las responsabilidades en las propuestas, qué ocurre cuando cambia un plazo o cómo se reconoce una inquietud. Hay que decidir qué comportamiento haría visible ese valor.
La actuación debe describirse en términos que cualquier miembro del equipo pueda seguir. Es necesario indicar quién es responsable, qué información hace falta y cuándo debe revisarse la decisión. Un valor que dependa por completo de la intuición de quien fundó la empresa puede resultar difícil de aplicar de forma coherente para los demás.
Conviene preguntarse qué ocurre cuando los valores apuntan en direcciones distintas. La rapidez puede entrar en conflicto con la minuciosidad, mientras que la flexibilidad puede dificultar una planificación previsible. Estas tensiones deben incorporarse al debate, explicando qué consideración tiene prioridad en cada situación concreta. La decisión debería ser comprensible incluso para alguien que pudiera preferir otro resultado.
Al presentar el criterio, conviene utilizar un ejemplo real. Se puede explicar cómo se aplicaría a un proyecto reciente e invitar a plantear preguntas sobre los casos límite. Hay que conservar suficiente flexibilidad para ejercer el propio juicio y, a la vez, identificar quién puede resolver las dudas. Así, una declaración de intenciones se convierte en una forma compartida de abordar el trabajo, con margen para aprender cuando el criterio inicial no se ajusta a las circunstancias.
Pensemos, por ejemplo, en una solicitud de un cliente que el equipo no puede completar dentro del plazo propuesto. El compromiso con una comunicación clara exigiría explicar la limitación, ofrecer una alternativa realista y confirmar lo acordado. Después habría que comprobar si el cliente ha entendido esa explicación. De este modo, el valor se hace observable en un intercambio concreto, en lugar de dar por hecho que una declaración interna llega a las personas a las que concierne.
Escuchar experiencias diferentes
Las personas aportan distintos supuestos a una conversación sobre el trabajo. Un término que parece claro para alguien puede tener otro significado para otra persona. Conviene preguntar cómo entiende la propuesta el interlocutor y qué experiencia fundamenta su punto de vista.
Hay que evitar considerar el origen o la trayectoria de una persona como una explicación completa de sus preferencias. Es mejor preguntar directamente por la comunicación, las expectativas y las necesidades prácticas. Un compañero o un cliente debe tener espacio para describirse a sí mismo, en lugar de recibir el papel de representante de toda una comunidad.
Cuando se produce un malentendido, conviene identificar el punto concreto en el que divergieron las interpretaciones. ¿No estaban claros los plazos? ¿La misma palabra aludía a responsabilidades distintas? ¿Se dejó sin expresar algún supuesto importante? Aclarar el detalle puede ser más útil que extraer una conclusión general sobre las diferencias culturales.
Es importante incluir deliberadamente las perspectivas de quienes intervienen menos. Se puede enviar una pregunta antes de una reunión, invitar a responder por escrito o preguntar si alguien preferiría otro formato para plantear una inquietud. El propósito es facilitar la participación, no exigir que todo el mundo se comunique de la misma manera. Una mayor diversidad de experiencias resulta útil cuando las personas pueden explicar lo que observan y la organización dispone de una forma clara de valorar esa información.
Examinar el compromiso que implica una oportunidad
Una oportunidad atractiva genera una serie de obligaciones, además de un posible beneficio. Conviene poner por escrito qué estaría prometiendo la organización, quién lo llevaría a cabo y qué compromisos existentes podrían verse afectados. También deben incluirse la preparación y la coordinación que fácilmente se pasan por alto en una conversación inicial.
Hay que preguntarse si el trabajo propuesto encaja con la contribución que se pretende realizar. Un proyecto puede ser atractivo desde el punto de vista comercial y, al mismo tiempo, requerir conocimientos especializados, capacidad o acuerdos de los que la organización no dispone en ese momento. Es necesario identificar esas carencias antes de decidir si pueden subsanarse razonablemente.
Conviene tener en cuenta a las personas que asumirán las consecuencias de la decisión. Si un nuevo compromiso modifica los horarios, las responsabilidades o las expectativas de los clientes, las personas pertinentes deben participar en la evaluación del plan. Su conocimiento práctico puede revelar una condición que la dirección aún no haya considerado.
Se puede negociar el alcance en lugar de tratar la oportunidad como un paquete cerrado. Un proyecto inicial más reducido, un calendario diferente o una distribución más clara de las responsabilidades pueden dar lugar a un acuerdo más viable. Es importante explicar el motivo del cambio propuesto. El propósito se hace visible cuando influye en lo que la organización está dispuesta a prometer y en la honestidad con la que describe las condiciones necesarias para cumplir esa promesa.
Crear una vía para cuestionar la respuesta preferida
Un proceso de decisión necesita espacio para que alguien plantee una inquietud sin tener que demostrar primero que toda la propuesta es errónea. Conviene invitar a formular preguntas concretas sobre los supuestos, la información que falta y las consecuencias. También hay que explicar cómo se valorarán esas preguntas y quién tomará la decisión final.
Es importante distinguir entre cuestionar un plan y emitir un juicio sobre la persona que lo propone. Un compañero puede apoyar la orientación general y, al mismo tiempo, detectar un punto débil en la práctica. Se le puede pedir que describa el problema y, cuando sea posible, la información que ayudaría a resolverlo.
Cuando se sigue adelante con una decisión, conviene dejar constancia de las incertidumbres importantes. Hay que indicar qué se sabe, qué sigue siendo un supuesto y cuándo se comprobará ese supuesto. Esto permite que una revisión posterior examine los fundamentos reales de la elección, en lugar de basarse en un recuerdo simplificado de lo que todos esperaban.
Si la nueva información cambia la situación, debe ser posible revisar la decisión. Es necesario explicar el ajuste y sus implicaciones para las personas afectadas. El compromiso con un propósito debería incluir la capacidad de aprender cuando una valoración anterior era incompleta. La pregunta útil es si la organización dispone de una vía práctica para que la información modifique la actuación, incluso cuando esa información resulta incómoda o llega después de haber invertido ya un esfuerzo considerable.
Revisar el propósito a través de la experiencia de los demás
Al revisar si la organización está cumpliendo su propósito, conviene elegir algunos ejemplos cotidianos. Se puede examinar una promesa cumplida, una inquietud atendida, un traspaso de tareas completado o una decisión revisada. Hay que preguntar a las personas implicadas cómo vivieron la experiencia desde su posición.
Es útil comparar esos relatos con la intención que orientaba el trabajo. ¿Dónde existe una conexión clara? ¿Dónde depende la organización de que alguien haga un esfuerzo excepcional para compensar una organización poco clara del trabajo? Una revisión útil examina tanto el proceso como el resultado final.
Hay que decidir qué cambiará como consecuencia de la revisión. Puede que sea necesaria una explicación más clara, un compromiso más realista o una forma distinta de implicar a las personas en una decisión. Se debe asignar la responsabilidad del ajuste y volver a revisarlo cuando haya transcurrido tiempo suficiente para observar su efecto práctico.
El propósito de una empresa puede evolucionar a medida que la organización aprende, pero debe seguir siendo comprensible para las personas a las que se pide que confíen en ella. El lenguaje debe mantenerse cerca del trabajo, y el trabajo debe permanecer abierto al examen. El valor de la reflexión de quien funda una empresa reside, en parte, en las preguntas que anima a plantear a los demás. Esas preguntas resultan útiles cuando dan forma a decisiones que compañeros, clientes y colaboradores pueden reconocer en su experiencia real.
